Salve Regina

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh, clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Significado y explicación

La Salve Regina es una de las cuatro antífonas marianas finales del Oficio Divino y una de las oraciones marianas más queridas por los fieles. En ella, la Iglesia peregrina se dirige a María como Madre de misericordia, reconociendo nuestra condición de peregrinos en este mundo.

La oración expresa la confianza total del cristiano en la intercesión de María. La llamamos vida, dulzura y esperanza porque a través de ella recibimos a Cristo, que es nuestra vida y nuestra esperanza. Le pedimos que vuelva sus ojos misericordiosos hacia nosotros y que, al final de nuestra vida terrena, nos muestre a Jesús.

La Salve es una oración de profunda ternura y confianza filial que ha consolado a innumerables generaciones de cristianos en momentos de prueba y dificultad.

Historia

La autoría de la Salve Regina se atribuye tradicionalmente a Hermán de Reichenau (1013-1054), monje benedictino del monasterio de Reichenau, aunque también se ha atribuido a San Bernardo de Claraval o a Pedro de Compostela. Se difundió rápidamente en los monasterios cistercienses y benedictinos.

Desde el siglo XIII, la Salve Regina se canta al final de Completas y es la antífona mariana del tiempo ordinario desde la Trinidad hasta Adviento. También se reza al final del Santo Rosario.

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